¿Puede la brisa o la contemplación de las estrellas ser un patrimonio natural inmaterial? El turismo sostenible y la ciencia

¿Puede la brisa o la contemplación de las estrellas ser un patrimonio natural inmaterial? El turismo sostenible y la ciencia

Si llamamos “patrimonio” a toda herencia natural o cultural digna de apreciarse y protegerse, ¿por qué sólo se habla de patrimonio intangible dentro del cultural y no del natural, cosificándolo? ¿Qué son el viento, los rayos de sol o la lluvia para el paisaje? ¿Qué son las sensaciones que despierta la naturaleza en los seres vivos: el olor a tierra mojada, el sonido del mar, el frío o el calor? La mayor parte de la naturaleza es intangible, una interrelación que subyace al paisaje que vemos, y cada región tiene un patrimonio natural inmaterial único, una melodía paisajística propia que depende de su clima, su suelo, su agua o su biodiversidad. Por ejemplo, en las Islas Canarias aparece el Mar de Nubes, mientras en Cataluña la Tramontana, de la que Dalí se enamoró y para la que soñó construir un órgano de viento.

Se dirá que es absurdo patrimonializar algo así porque no puede protegerse, pero además de que por protegerse entendemos “poner en valor”, y de que a veces se protegen tradiciones más absurdas, la ciencia ya lo ha hecho en la Declaración de La Palma (2007), cuando reconoció que la contemplación del cielo estrellado es un “derecho inalienable del ser humano”. Parece un derecho poético, pero ya es un hecho, y desde entonces el certificado Starlight para destinos astroturísticos, sin contaminación lumínica y excelente visibilidad nocturna, se ha extendido revalorizando lugares antes olvidados. Es cierto que las estrellas, más allá de un espectáculo natural, son una fuente de valor cultural y cosmológico. Pero todos estos fenómenos intangibles son el lazo que nos mantiene vivos y conectados al resto de la naturaleza. Son el equivalente natural a nuestro patrimonio artístico, a nuestras canciones o tradiciones, pero infinitamente más valiosos, pues de estos fenómenos dependemos para vivir aunque lo olvidemos, y tomar conciencia de ellos nos despierta de la cultura para devolvernos a la realidad.

“No se trata de caer en el animismo, en la moda del marketing de sensaciones o de embriagarnos con cualquier experiencia novedosa, sino de revalorizar los aspectos naturales de los que dependemos y que influyen sobre nuestro organismo y territorio: la estructura de la biosfera..”

Así que mientras valoramos la cultura doblemente (de forma material e inmaterial) reducimos la naturaleza a un mobiliario estético: formaciones físicas o biológicas (paisaje y especies), como si fuera un museo. Pero la naturaleza no es un bien decorativo, sino un mar de estímulos, un lenguaje de nuestro organismo con una realidad mucho más amplia que se extiende hasta las estrellas. En un contexto de crisis medioambiental y desconexión de la naturaleza, y de acuerdo al modelo de progreso sostenible asumido por la ONU, el patrimonio inmaterial debiera incluir esta realidad mucho antes que a manifestaciones simbólicas y etnocéntricas. ¿Cómo? Haciendo presente en la cultura social que todas estas cosas existen, que existen con anterioridad a los bienes culturales. De igual forma que culturalmente solo apreciamos el patrimonio material (como una catedral) gracias al patrimonio inmaterial que lo interpreta (como la lengua o la historia), la sociedad no valorará realmente el patrimonio natural si no es consciente del lenguaje que le une a ella: su patrimonio natural inmaterial.

No se trata de caer en el animismo, en la moda del marketing de sensaciones o de embriagarnos con cualquier experiencia novedosa, sino de revalorizar los aspectos naturales de los que dependemos y que influyen sobre nuestro organismo y territorio: la estructura de la biosfera. La clave para acreditar este tipo de patrimonio es la ciencia. Como argumentaba la bióloga Rachel Carson en El sentido del asombro, ante la naturaleza “conocer no es la mitad de importante que sentir”, y como demuestra la neurociencia, la emoción es la llave del conocimiento. El turismo sostenible tiene la oportunidad de patrimonializar todo lo que aporte emoción al conocimiento científico, y la realidad natural es fecunda a todos los niveles, desde la geosfera o la hidrosfera (el mar o los ríos) a la atmósfera pasando por la biosfera (ecosistemas). El reto es integrarlos en el destino con sentido para el viajero. Al margen del patrimonio natural estaría el cultural (urbano, arquitectónico o industrial), que forma parte de la tecnosfera o capa artificial con la que forramos el planeta. Más allá de que no todo paisaje artificial es sinónimo de progreso, el problema son los elementos que lejos de integrarse en la biosfera, la sepultan de forma irreversible.

Conclusión: si el paisaje es la forma en que percibimos o interpretamos el territorio, éste no solo entra por los ojos, sino por fenómenos inmateriales. Sin estos, la naturaleza es una construcción cultural y decorativa. Los viajeros deben ser parte activa del paisaje e interrelacionarse con él. La ciencia es clave para reflotar toda esa riqueza natural inmaterial.

Este artículo ha sido escrito por Aldán, al que puedes seguir en LinkedIn o en su cuenta Twitter.

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